El mañana

Algún día dejaré de descender a los infiernos,
dejaré de recitar en los bares,
y de necesitar cosas como los aplausos,
o como el reconocimiento;
o como creer que Dios me hizo incompleto
con la única tarea de encontrarte.

Algún día iré por la calle
sin fijarme en las miradas;
sin necesitar cosas como la atención fácil
a la que se prestan los desconocidos;
dejaré de buscarte en el metro
a través de los andenes,
y los recovecos de las vías subterráneas;
lejos de las prisiones pasajeras
a las que nos someten
el vaivén de las compuertas;
dejaré de buscarte a medianoche
en las líneas del ocaso;
y dejaré de necesitar cosas como los abrazos,
o como los besos,
para reconocer que me quieres.

Algún día dejaré de soñar con ser fuerte
y me golpearé el pecho
para avivar las arterias de mi alma entumecida;
y dejaré de necesitar cosas como la absenta,
o como los días,
con la única tarea de olvidarte.

Algún día dejaré de necesitar cosas
como la esperanza;
cosas como el amor, o como los tejados;
cosas como las piernas efervescentes
que rozan los cantos de tu falda;
dejaré de necesitar cosas como los hombros,
o como las manos,
o como la luz de las estrellas;
dejaré de invocarte,
como un favor, entre plegarias;
como un anhelo, entre poesía.

Algún día,
no sé ni cómo ni cuándo,
sentiré tenerlo todo;
no sé ni cómo ni cuándo,
pero entonces
serás mía.

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La colonia de la muerte

Al padre Damián de Molokai
se le han caído los brazos,
parece una muñeca.

Dios ha querido para él
una barca,
y se le han caído los pies,
y los dedos.

Se le han descompuesto
los nervios de la periferia.

Se le ha quemado un haz
de fibra en el agua;
ha puesto sus manos
a hervir;
se le ha caído la carne,
los ojos, los tractos.

Pero ha construido una iglesia,
ha acariciado las pieles heridas
de los muertos;
y aún donde nunca hubo nada
su corazón
sigue intacto.

Es muy fácil decir para siempre

Es muy fácil decir para siempre,
juntar clichés en un poema,
prometer estar frente a su puerta,
qué sé yo, ¿todos los viernes?
Preguntarle dónde estuvo,
sostenerle la mirada
(y a veces incluso esto resulta complicado),
o creerse que con ella uno puede
(y esta vez va muy en serio)
volver a enamorarse.

Que, escúchame,
me conozco muy bien todos los sketches
y sé muy bien lo que es perderlo todo;
y a veces uno deposita toda su fe
en que un milagro suceda de repente;
pero no se trata de creer todo de golpe,
ni de gritar a los cuatro putos vientos
que es el amor de tu vida.

Que sí, que mírala,
que te gusta cómo sonríe
o cómo balancea las piernas
mientras remueve el hielo picado;
que, qué sé yo,
que parece que lleva la felicidad consigo,
y que podrías marcar en un calendario,
con fuego,
todas las noches de insomnio
en las que soñaste quedarte con ella.

Que sí, que mírala,
que ya conoces cómo se lleva
los mechones a la oreja con los dedos;
y te has acostumbrado
al sabor inconfundible de su aliento,
o al estímulo frenesí de sus miradas;
que yo lo sé;
que yo mismo hubiese ido
al fin del mundo a por un beso
y sé que uno es capaz de asentir,
como un tonto,
a todo lo que dice;
que sé lo que es despedirse
y quedarse esperando a que suba,
o quedarse esperando su mensaje
en el teléfono,
o tumbarse en la cama
contagiado por el éxtasis
de que haya pasado la noche contigo;
mirar a través de su ventana
u observarla casi desde el infinito,
envidiando las limaduras que forman
las auroras en su espalda.

Que esto va de eso,
de querer protegerla y de saber protegerse;
de despojar los escudos y de dejarse arañar
o transformar la pasión en un mordisco;
de desear detener los segundos
agigantados
que discurren entre sus caricias.

Que te entiendo,
y sé que no hay nada comparable,
pero sé de lo que hablas;
que soy de los que volvería fielmente a esperarla
por verla cruzar, por delante, un momento;
o a inventar un diccionario repleto
de todas las cosas bonitas
que me gustaría contarle;
o una explicación por cada excusa que he soltado
cuando me han traicionado los nervios.

Que sé lo que es sentir auténticos tiritones
por su distancia;
cuando la calidez de su voz
se disuelve con el eco;
y te entran sudores fríos
por la simple ilusión
de atreverse a declarar
tus intenciones.

Y no es que no te crea,
o no piense que,
verdaderamente,
es la mujer que tú buscas;
es sólo que espero que aquello que sientes
no pierda su fuerza con el tiempo;
que la cuides como si nunca
la hubieras conquistado;
que dentro de unos años,
me coja la mano y me cuente de ti
lo mismo que tú me contabas.

No esperes nada

Por suerte,
Me rechazaron como artista,
Y me jodí la espalda
Y no pude ser atleta.
Por suerte,
Me negaron un beso,
Y una historia de amor
Para la que había reservado
Todos mis finales.
Por suerte,
Muchas cosas no salieron bien,
Y perdí la esperanza
De ser
Quien yo quería,
Sin tener
La destreza
Para serlo.
Hubiera seguido ensayando,
Entrenando para una carrera
que no llegaría a correr;
Y hubiera esperado a aquel beso,
Escuchando las historias
De quienes sí lo conseguían.
Hubiera dejado mis estudios,
Para centrarme en mis sueños,
Y podría haber muerto
Sin conocer a Bukowski,
O a Nietzsche,
Tal vez,
Les deba las gracias.
Por suerte la esperanza
Se disipó ante el fracaso,
Y los aplausos que ensalzaban mi lucha,
Como si fuera la propia victoria,
Me abandonaron,
Como yo lo hice con ciertos asuntos
Por los que creí
Que no debía seguir esforzándome.
Por eso detesto que me alarguen una respuesta,
Sabiendo cuál es
La respuesta,
Porque detrás de una oportunidad perdida,
Siempre hay algo mejor
Para lo que estás mejor preparado;
Y quizás,
De haber terminado triunfando,
No te hubiera podido contar
Todas estas cosas.

Las manos de Midas

Hice de una concha un cenicero,
y de la hierba hice cenizas;
y de las bombillas estufas fugaces
en las que calenté mis manos.

Hice de la vida un pulso,
y de las flores que arranqué del campo
hice un ramo de hojas muertas;
y decoré el vacío:
la piel, el corazón
y las estanterías.

Hice papel del árbol
y a la leña prendí fuego;
e hice de mis ojos,
de mi carne,
mi poesía.

No dejes que te roce,
hice de la arcilla un muro,
y un refugio con cartones,
y un grabado con mi pluma;
y una decepción de una promesa,
y del amor un juramento;
un excremento de un manjar;
y de batir las aguas
hice espuma.

Antes de que llegue el hambre,
o domestique al perro,
o convierta los senderos
en camino
y los pucheros
en basura;
huye,
amor mío,
puedes salvarte.

No lo intentes

Sólo digo que eres carne,
y Barcelona es mi casa,
y que diez años
bien podrían resumirse en eso;
desmembrando la memoria
en palabras insignificantes,
abocando al olvido a los finales amargos
y protegiendo nuestras intuiciones
con escudos.

Me gustaría decirte que se pasa,
que uno vuelve a ser quien ha sido,
y que puede deshacerse del rastro
con el polvo,
recitar de nuevo la receta cursi
en la que su risa era tu destino
y en la que tu esperanza
parecía estar sujeta
de su mano,
y seguir como si nada.

Me gustaría decirte
que no seas tú el que se reduzca;
que no abandones la idea, ni el sueño,
ni la persona que eres;
que conviertas el asco en un motivo
de la misma forma en la que entregas
tu sudor por tu hambre;
de la misma forma que evocan las flores
el deseo;
y las injusticias
a la democracia.

Me gustaría decirte que se puede,
que exprimas cada expresión
y cada sentimiento,
cada padecimiento y cada causa;
que no simplifiques tu vida
a base de frases hechas
y oraciones de estribillos;
que bien te conjures bajo las estrellas,
o te pongas el mono de trabajo;
pero que transformes todo eso
en un punto de origen;
que no relegues lo inafrontable,
ni eludas la responsabilidad de vivir
con los errores que cometas;
que el sabor de la victoria
no se encuentra en el olvido,
sino en saber recomponerse.

En la tumba de Bukowski,
después de sus novelas,
sus relatos, su poesía,
sólo escribieron:
“No lo intentes”.

Por favor,
sé más que eso.

Lisboa

Lisboa puede ser una malla de hierro
Con vistas al mundo,
Vías oxidadas con ruido a engranaje,
Castillos de tejas rojas,
Pintura levantada,
Paredes raídas a cachos,
Plataformas de piedra blanca,
Y un “cruzarme contigo”
Después de cinco meses.

Lisboa puede ser así,
Un mirar al ayer e imaginar un mañana,
La chapa de un cartel oxidado,
La lluvia golpeando los cristales,
Sabor a disculpa y cerámica,
Aroma a pastelaria y castañas asadas,
Y un “cruzarme contigo”
Después de cinco meses.

Lisboa puede ser un estado decadente;
Un depravado y rojizo lugar
Donde puedo soñar contigo;
Un puente a un confín paralelo,
Teñido de azul y gris,
En el que sólo estás tú.

Lisboa puede ser así,
Con tus ojos perdidos
Sobre el horizonte,
Alzado desde el mar
En una estructura
Hasta el cielo.

Lisboa puede ser así,
O puede no ser así;
Lisboa es un adiós para siempre,
El sabor de una última vez,
Saber que no se detendrán tus pasos
Después de cinco meses.

Salvaje

Tu cuerpo es una profecía
a la que vine a tropezar
conscientemente,
y mientras escribo mi historia
recaigo sobre los muelles
azules del olvido.

Mi sueño es una jaula
a la que sigo encadenado,
desde ella señalo las rutas del cielo
que persiguen las aves migratorias;
mi sangre es el albero
sobre el que bufan las bestias
que dormitan en las hojas.

¿Qué es el amor?
¿Qué es la muerte?

Los espíritus salvajes aúllan
a las lunas invisibles,
tras el rastro del almizcle
de los ciervos;
y muestran los dientes
a las manos que trituran
los peciolos de las plantas
de la henna.

¿Qué más puedo decir?

Yo camino por las calles
domésticas de la vida,
en quietud y en camino,
con la piel animal desollada
de mi ropa.

Mi aliento se descompone.

Mi corazón ahora es negro.

Contamino las partículas
del aire.

Restringido en las aceras,
semáforos en rojo;
se detienen los pasos del caballo
que galopa
por mis venas.

Notas

Según mis últimas notas,
si Jesucristo tenía más enemigos que yo
es que no sé comportarme.
Y habrá flores de colores en los parques
y en los centros de mesa,
junto a los saleros.
Y tus juramentos inservibles
serán mi herida, mi sombra y tu recuerdo.
Y las calles serán como prisiones
en las que quedarse encerrados desde afuera.
Todo lo demás tiene un candado,
que te excluye en la intemperie,
y yo he dejado mi miedo en la sangre,
y he rasgado en el muro una ventana.
Y seremos como moscas cojoneras
en las bocas de los muertos,
y lo que quedará en la historia.
no serán sino personajes de piedra,
en medio de las plazas,
repletos de mierda de paloma,
y un sabor a victoria incapaz de saciar
los estómagos del pueblo.

Que quiero mostrarte las cuencas
del chico de ojos azules
que tanto te gustaba,
mientras los idiotas cerraban los suyos,
abuhardillados,
viviendo la efímera eternidad de todas las vidas
que soñaron contigo;
y que por eso el amor
está entre dos cosas que no existen
(el sueño y el olvido),
porque los actos creativos siempre han sido
menos sufridos,
y menos radicales,
que los procesos de demolición.

Que, aunque no lo creas,
el sentimiento de querer cambiar el mundo
surge desde el impulso egoísta
de que nunca te ha gustado
cómo ha funcionado todo esto.
Así que escucharé el lago de los cisnes,
mientras los fieles pasan de largo de los pobres
al salir de las iglesias,
y se aferran a las cruces de oro
que han colgado de sus pechos;
con sus sonrisas de ortodoncia
y sus clubes de campo
a los que van a pasar
las tardes de domingo.

Y no me pidas poemas que hablen de lo nuestro,
que si de verdad merece la pena me quedaré callado,
con la boca abierta,
y sin saber qué responderte,
como un estadio de fútbol
cuando van a tirar una falta.

Porque hoy no es distinto de ayer,
pero tu nombre, tu imagen y tu piel,
se han vetado,
y todo el mundo está en la calle,
como si nada pasara;
y la culpabilidad es la nueva forma del destierro
de la dinastía de los santos inocentes,
una broma de mal gusto
de aquellos cuyas supuestas vidas “impolutas”
quieren hacerte creer
que no cometen sus pecados.

Que hoy en día,
la sinceridad es un suicidio
porque el mundo está lleno de mentiras;
y en las noches de frío me han comido
las chinches y las mediocridades,
aunque mi padre me dijo que no podemos morirnos
hasta el día veinte,
porque el seguro de los muertos de este mes
no se ha pagado,
pero si así fuera
quiero que arranquen mi corazón
y lo enfrasquen con formol
bajo la iglesia de Lapa,
y froten mi cuerpo
con lejía;
que el sol no pida nunca
sus disculpas por arder,
que el perro no pida nunca
sus disculpas por mear;
que el pájaro no pida nunca
sus disculpas por volar.

Por favor.

Ni tú tampoco.

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