Pasillo o ventanilla

Hemos dejado de invocar
al espíritu de lucha
porque siempre viajamos sentados,
en aviones, automóviles,
o autobuses.

Intentamos ahogar
la experiencia del viaje
y del sacrificio,
y criticamos a la juventud
por haberse creído
que al destino se llega esperando
al paso de los días.

Pompeya

Entre el grano de esta arena
y la paja en ojo ajeno,
he aprendido a separarte
a lo uno de lo otro,
y a lo malo
de lo bueno.

Que ahora hay muerte congelada
en las aceras;
que Pompeya ya casi no duele,
soy inmune a este recuerdo tuyo,
como es invulnerable la ceniza
(después de calcinarse)
frente al fuego.

Leche y miel

A pesar de que la mayoría de las cosas hermosas
son incipientes,
he aprisionado con mis manos tu sonrisa,
entre mis traumas.

Hay vestigios de tu ausencia en los alientos
que dibujan las ventanas de mi coche;
y eres lo que Dios predijo,
supongo que eres lo que Dios predijo,
antes de que describiera al mundo.

Y juro que antes sabía,
pero ya no sé mover la boca;
y mis pecados son como silencios
que en vinilos se descubren
con la aguja de una raya.

Creo que esta tierra no es perfecta,
pero el amor es como un oasis,
que mana leche y miel,
y que van a dar el uno con el otro,
después de cuarenta años
de castigo en el desierto.

Lo que dicen los arcanos

Pido que me echen las cartas,
a pesar de que considere
que el destino nunca estuvo de mi lado;
pero he necesitado algunas respuestas
para tanta incertidumbre;
la clarividencia de mis ruinas,
mis ratitos místicos de hambre,
o la putrefacción de mis dientes
que ahora son negros
y amarillos.

Pido que me echen las cartas
porque siempre he guardado
una pizca de esperanza;
no porque crea en la lectura,
sino porque necesito creer
en algo de lo que me dicen;
y a pesar de haber alimentado la agonía,
doy las gracias a los astros,
doy gracias a los arcanos,
o doy gracias a los dioses,
por hacerme coincidir contigo.

Pido que me echen las cartas,
sin importarme ya
lo que me digan;
no porque no tenga preguntas,
ni tampoco por los veintiocho años
que me ha costado conocer
a una mujer como tú,
sino porque tengo la certeza
de que nunca más
la encontraría.

El toro no sufre (Bullshit)

No pasa nada, decía,
mientras brotaban a sus pies,
minúsculas, las amapolas;
y la luz deslumbra
como un resplandor a las butacas;
que no deducen del marfil de los cuernos
la identidad de las masas
de los elefantes;
como la sangre que salpica su dolor
sobre el nervio desgarrado
del albero.

Puedo ver una sombra
e imaginar todo un cuerpo;
puedo descubrir un tallo
y adivinar una rosa.

El toro tiene buena vida
hasta que muere;
al igual que cada una de las vidas
que le brindan los idiotas
a un torero.

Canciones

Lo peor no es el silencio;
ni el crepitar de la leña;
ni el siseo de los pastos que seduce
la mirada temeraria de los ciervos;
el compás de los relojes en espera;
el zumbido de la mosca en los cristales;
el murmullo de las hojas incesante
flameando en un confín,
como banderas.

Lo peor no es el silencio, ni el chasquido,
de las telas agitadas en el aire,
que aparecen dibujadas en el cielo
sobre líneas que dejaron suspendidas.

Lo peor no es el silencio, ni el quejido,
del listón bajo pisadas; ni la ausencia;
de un amor por primavera; no, es la vida
cuando apaga a las jóvenes pubertas
que cantaban al rincón
de las capillas.

Bahías

Así, pues, fui la víctima de un sueño,
¿y sabes lo que es practicar
sin el estímulo de la esperanza
de que me correspondías?

Mis miradas, que eran aún más visionarias,
reservaron como estigma la nostalgia
de la vida que uno hubo deseado;
la memoria que se encuentra en los pulgares;
la adictiva sensación de echar de menos
aquello que nunca has tenido.

Ojalá no sepas nunca
lo que es poner al cielo en equilibrio;
los cadáveres de las mujeres descuartizadas
que escondía tras la puerta Barbazul.

¿Y sabes lo que es el resplandor de las bahías,
descubrir una evidencia en una flor?

Ojalá no sepas nunca lo que es un recuerdo,
el color de las manos azabaches.

¿Y sabes lo que son las encías amarillas?
¿Sabes lo que hizo conmigo el instinto?

Las miradas irresistibles que me arrastraron
por las cálidas arenas que recogen los relojes,
saber qué podrías hacer de mí,
y qué podrías hacer conmigo.

¿Y sabes lo que es que amar a un hombre?

¿Conoces el confín del horizonte
del árbol del jardín de las Hespérides
que circuncidaba al mundo?

Y soñar con los aviones, ¿por qué no?
Cargar con el peso y con las culpas,
¿por qué no?

Todo el mundo hablaba de Dios
como del traje invisible
al que no veían los tontos.

¡Se me ocurren tantas formas de no hacer
las cosas que nunca he querido!

Lanzé preguntas a la nada,
y mensajes en botellas a los mares y,
después de tanto desengaño,
encontré respuestas
en los libros.

El mañana

Algún día dejaré de descender a los infiernos,
dejaré de recitar en los bares,
y de necesitar cosas como los aplausos,
o como el reconocimiento;
o como creer que Dios me hizo incompleto
con la única tarea de encontrarte.

Algún día iré por la calle
sin fijarme en las miradas;
sin necesitar cosas como la atención fácil
a la que se prestan los desconocidos;
dejaré de buscarte en el metro
a través de los andenes,
y los recovecos de las vías subterráneas;
lejos de las prisiones pasajeras
a las que nos someten
el vaivén de las compuertas;
dejaré de buscarte a medianoche
en las líneas del ocaso;
y dejaré de necesitar cosas como los abrazos,
o como los besos,
para reconocer que me quieres.

Algún día dejaré de soñar con ser fuerte
y me golpearé el pecho
para avivar las arterias de mi alma entumecida;
y dejaré de necesitar cosas como la absenta,
o como los días,
con la única tarea de olvidarte.

Algún día dejaré de necesitar cosas
como la esperanza;
cosas como el amor, o como los tejados;
cosas como las piernas efervescentes
que rozan los cantos de tu falda;
dejaré de necesitar cosas como los hombros,
o como las manos,
o como la luz de las estrellas;
dejaré de invocarte,
como un favor, entre plegarias;
como un anhelo, entre poesía.

Algún día,
no sé ni cómo ni cuándo,
sentiré tenerlo todo;
no sé ni cómo ni cuándo,
pero entonces
serás mía.

La colonia de la muerte

Al padre Damián de Molokai
se le han caído los brazos,
parece una muñeca.

Dios ha querido para él
una barca,
y se le han caído los pies,
y los dedos.

Se le han descompuesto
los nervios de la periferia.

Se le ha quemado un haz
de fibra en el agua;
ha puesto sus manos
a hervir;
se le ha caído la carne,
los ojos, los tractos.

Pero ha construido una iglesia,
ha acariciado las pieles heridas
de los muertos;
y aún donde nunca hubo nada
su corazón
sigue intacto.

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