Regad las plantas

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Ser feliz no es como enseñar las tetas,
ni pasar frente a la puerta con la clase.
Tú que dices que estoy solo,
y me hablas siempre de un hombre,
un dios, me dices,
donde sólo he visto al hombre.

Tú que permites que un dios se asome a tu vida
como lo hacen los sordos que te observan menear el culo
al fondo de una discoteca.

Tú que apestas a reproche y rechazo
por hombres que cruzan el ruido de una sala.

Tú que prefieres el filtro y el enfoque como escudo,
el retoque por encima,
el chico alto,
la carne cuadrada.

Tú que corres a los baños
para que tus dioses no vean
la cara
que yo conozco.

Hacerse oír

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Timothy Ferris tiró su primer libro a la basura,
como cuantos poemas murieron antes de escribirse,
y versos lanzados desde el escritorio
como los pájaros que sobrevuelan los vertederos,
porque en ellos también hay vida,
y todo lo que está vivo
se mueve,
y todo lo que se mueve
hace ruido,
y si su ruido no es incesante y persiste,
puede que
no lo escuches nunca.

La confianza da asco

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Dijo que daba asco la gente que bebe,
así que tú y yo damos asco,
con nuestra baba sarrosa
y nuestro espíritu derrotado.

Llevamos soportando toda esa peor parte de nosotros
como quien aguanta bajo la lluvia,
desde el punto en el que el amor y el odio
tienden al infinito,
de forma que puedan hacerte creer que,
cualquier cosa,
podría suponer el fin del mundo;
embebidos con nuestras sonrisas tristes
y nuestros billetes de orina que se van por los retretes;
relamiendo pastillas de mañana contra los remordimientos,
y cuerpos pasajeros que bailan y orbitan
en la oscuridad.

¿Y qué más da lo que demos
si decimos y hacemos cosas
que no van con nosotros?

Te observo con la boca abierta,
roncando como un animal que duerme,
cayendo inconsciente sobre el lugar y el tiempo de una cama,
con tus prendas colgadas y tu olor a pies,
y tu olor corporal por completo,
y tus palabras malsonantes
que hacen apología de la droga.

Y pongo un pie en el suelo,
y un poco de voluntad para poner el otro,
y culpo a la de Dios por mis pequeñas ruinas,
con la única fe de que si no amáramos todas esas partes
en las que damos asco,
no sería
amor del todo.

La probabilidad de lo imposible

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Avanzamos casi sin poder tocarnos,
protegiendo nuestras pantallas,
pero restregando nuestros cuerpos,
lamentándonos por arañar la chapa de un coche,
pero no nuestras espaldas.

Creamos contextos
como quien forma con los dedos
una grulla de papel,
y llenamos el estómago de empatía,
para que los niños negritos nos agradezcan
que limpiamos nuestros platos.

Nos hundimos para ahogarnos,
pero flotamos muertos en el agua;
gritamos para acallar los gritos,
y condenamos a muerte a las rosas
para manifestar que nos amamos.

Bebemos y fumamos para sentirnos sociales,
pero nos sentimos solos en un mundo
de siete mil millones de personas,
que usamos para limpiarnos
las lágrimas y el culo.

Regalamos más besos que oportunidades
a los desconocidos,
confundimos lo improbable y lo imposible.
Me dijiste que mis sueños
no podría conseguirlos.

Istighfar

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Odié tu nombre y tu tierra
y los besos que absorben los poros
de los muros de tu Alhambra,
tallada también en verso.

Odié el arrayán y las mil facciones de tu tacto
transcrito en mi memoria,
como braile,
porque Alhambra
te esconde en secreto.

Alhambra es el beso y la fortaleza
donde mi debilidad cabe,
el atrezzo del recuerdo de una historia de amor;
la premonición nazarí de los enseres
que Lorca deshizo.

Mas, ¿quién pudo predecir lo nuestro?

Después de lamentar perderte,
entre las sábanas,
tu imagen regresa.

¡Granada,
muéstrame el final del sueño!

NOTA: Istighfar es la acción de pedir perdón a Dios en el islam.

NOTA: Granada es como el sueño al que deseas volver cuando al alba despiertas y sientes que lo has perdido.

Una flor en el invierno

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La chica del vestido azul
ha dejado sus huellas en la orilla
y las mareas pretenden
llevárselas consigo.
Y ha dejado el olvido en su ginebra
y una firma estampada con su nombre,
y más huellas al teclado de un piano
que no suena,
y la colilla de un cigarro apagado
al precipicio,
y el caballo de madera sobre el que galopaba,
y cenizas sacudidas en el viento,
esparciéndose en el horizonte.

NOTA: En la escuela le pregunté a mi profesor de literatura cuánto tiempo se tardaba en escribir un libro de poemas, y me dijo que podía tardarse toda la vida. Me pareció mucho. Este poema comenzó a escribirse el 31/12/2014, y el 01/02/2017 lo terminé, después de recordar, por algún motivo, a la chica del vestido azul y al poema inacabado que comencé a escribirle.

Codificar tu olvido

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Suenan canciones que en mi memoria
van perdiendo tus curvas,
como prendas que se deslizan por la carne
hasta el desnudo.
Y voy borrando ese asco que me da tu nombre
pero evito pronunciarlo,
después de rescatar de tu recuerdo
una imagen de rayas difusas
que queman las pestañas,
como canal plus codificado.

En realidad retransmitimos nuestras vidas
de las que vamos suprimiendo escenas,
mientras dejas que te olvide.
Y el olvido se me va por la boca,
en besos y vasos y diminutos capilares que se dilatan
y que estallan en pequeñas venas rojas
y lagunas en el tiempo,
que dan lugar a acciones inacabadas
y explican cosas como el jugo reseco de naranja
que adorna mis zapatos.

A decir verdad,
casi nunca recuerdo los nombres de las chicas
que me besan,
pero ellas también me hacen olvidarte.
Y mis libros me hacen olvidarte.
Y los días me hacen olvidarte.
Y el universo rozando mi mundo
me hace olvidarte también.