Lo que hace falta

Por cada activista y cada pancarta
hay un tipo sentado en los arcenes
vendiendo sacos de naranjas,
con una capa de grasa
negra en las manos,
y un perro sarnoso,
un saco de huesos,
moviendo el rabo,
pegado al hombre por siempre.

Para cada movimiento,
hay una acción en calma,
para cada silencio
dos tiros al aire,
un manantial para cada desierto,
y un oasis de soledad
por cada amigo
al que debes un abrazo.

Hacen falta días grises
para afrontar las escalas,
dolor para el alivio,
y una montaña,
y un sol que brille
derritiendo la nieve,
una despedida
por cada reencuentro,
y dos polos
por cada imán
que no se separen,
y una razón para desatar la locura,
y una pérdida por cada victoria,
y una mujer sencilla que quiera
un poco de todo
contigo.

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Boxeadores

Nunca he visto a un boxeador pedir perdón,
ni llorar al recibir un golpe,
no significa que no le duelan los impactos,
significa que,
de alguna manera,
están preparados para que les den,
tienen la certeza de que,
al subir a un ring
y ponerse los guantes,
golpearán
y serán golpeados;
y que saben a lo que se exponen,
del mismo modo
en el que nosotros deberíamos
pelear por nuestras vidas.

La mano de Dios

Me di cuenta
que era para mí,
y que aquel momento era mío,
y que aquella distancia,
y aquel lugar,
y aquella mujer
se habían creado
para que les observara,
dejando entrever
que hasta la mano de Dios
precisa del hombre
para que,
en su mirada,
su acción se considere
un milagro;
porque hace falta una mirada,
para que el mundo posea
algún tipo
de valor.

Tú ya te has ido

Últimamente no dejo de pensar en Vietnam;
no dejo de pensar en elefantes,
en bambú y en polvo;
en Ghana con sudores fríos;
Indonesia,
con los dedos de pizarra;
las dunas del desierto en mis zapatos;
descalzarme en un templo budista;
las casas de papel y madera;
los barcos de papel y madera;
los caballos de madera surcando
metro y medio de mi infancia.

No dejo de pensar en mares y en cuerdas,
y en callos;
manos fuertes y caminos duros,
cuerpos cansados de vagar,
imaginariamente,
por esos lugares.

Quiero cumplirlo.

Pronto me marcho.

Tú ya te has ido.

No me has llevado.

Vienes conmigo.

Busco en el cielo.

Sólo camino.

Ya lo hago siempre.

Nadie me espera.

Las vías del tren

Alguien se ha vuelto a tirar
a las vías del tren.

Dicen que los telediarios
no hablan de suicidios
por miedo a un contagio;
y quienes trabajan limpiando las vías
lo prefieren.

Prefieren hablar de las guerras
y de hambre,
y de que la gente muere
de igual forma.

Nosotros bailamos en este vagón,
de un centímetro cuadrado;
el arte de bailar sin zapatos
por la vida;
directos al destino o a las plazas;
directos al torcer de las esquinas;
guardando el secreto del suicidio
pasando por encima
de la muerte.

Le estás dando la espalda

No se trata de ir
a la iglesia bien vestido,
perfumado,
dispuesto a arrodillarse.

No se trata de expiar las culpas;
ni de tragarse el sermón del cura,
ni la hostia;
de estar callado o en paz,
de dársela
los unos a los otros.

Se trata de ver a Dios;
no frente al altar,
como pensamos,
sino detrás,
en los marcos de las puertas
donde esperan,
las monedas,
los mendigos.

Despedidas

Una de las cosas
que me da más miedo,
es no despedirme;
no decir lo que sentía;
que te quedes,
o te vayas,
sin saberlo.

Una de las cosas que más temo
es confiar en que lo sabes,
y que no lo sepas;
confiar en mis manos,
o en mi boca,
o en mis besos,
o en mi mirada;
confiar en que ellas lo dicen
y que no lo digan,
o que no expresen la certeza
con la que lo sienten.

Una de las cosas que más miedo me da
es creer que ya lo sabes;
despedirme de ti
creyendo que volveremos a estar juntos;
considerar que tendré
otras posibilidades
para hacerlo.

Lo que más miedo me da
son las despedidas;
verte la espalda,
caminando;
o ver sólo el camino
donde ya no estarás nunca.

La teoría del miedo

Me dijiste que te daba miedo el puente
de San Luis,
pero tú no tienes miedo al puente,
sino a caerte;
no tienes miedo a volar,
ni a saltar de un avión,
sino a caerte.
No tienes miedo a perder la cabeza,
sino el trabajo,
o la mujer,
o los hijos,
o una amistad de siempre.
No tienes miedo al compromiso,
sino a la rutina,
o a que alguien
después de entregárselo
no cumpla su parte.
No te da miedo vivir,
sino morirte.
No temes la aventura,
sino perderte.
No temes perderlo todo
sino no ganar algo a cambio
y no poder recuperar
lo que tenías.
No temes al dinero
sino a las navajas.
No temes soñar
sino darte cuenta,
de pronto,
de que no tienes nada.

Por suerte nací pobre,
y soñé con conseguir cosas
que sabía que no tenía,
y lo único que pude perder
fue la vida,
y detrás del riesgo,
soñé,
volé,
me aventuré,
me enamoré,
aumenté el pulso,
hice dinero,
y por supuesto,
caí,
caí,
y volví a caer.

Pero detrás de todas esas cosas,
para las que fue importante
saber levantarse,
lo más importante fue
no tener miedo.

Quizás sea el momento
de echarle huevos
a la vida.

Pensamiento intrusivo

Seríamos criminales
de ser lo que pensamos,
y ya que Dios
tiene el derecho de juzgarlo,
y las mañanas eran azules
cuando no podía vivir sin ti,
y la alarma sonaba sin sentido,
y todo este sistema
era un ciclo para meterme
en tu cama,
y no podía vivir sin ti,
pero este corazón,
y estas palabras,
y estas vísceras que me forman,
siguieron funcionando.

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