A la contra

Intentarán que seas otro,
te implantarán sus medidas
o te echarán a un lado,
serás uno más
o no serás nadie.
Los nadies,
los que te hacen creer
que distinto
es algo deshonroso,
los que te ponen a prueba
y te someten a juicio
y a presiones sociales.
Los nadies,
los cobardes que no hablan sino en grupo,
los que están a medias,
los infelices,
los resentidos,
los enemigos de todo,
los críticos del deporte,
los críticos del cine,
los amantes de la moda,
los sin estilo,
los “mayoría”,
los democráticos,
los sin alma,
sin sueños,
sin coraje.
A los que nada les perdura.
Los nadies,
los hijos de nada,
los que no triunfan por si mismos,
los que intentan arrastrar
a las profundidades,
los que no te dejan ser
todo lo especial
que eres.

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Los rotos

“Doctor,
cuando me toco aquí
me duele,
y cuando me toco la rodilla
me duele,
y cuando me toco la espalda
me duele”.
Y el médico contestó:
“Usted lo que tiene
es el dedo roto”.

Eso es lo que pienso
de la gente a la que todo
le parece mal
y critica a los demás
por las espaldas.

Lo que hace falta

Por cada activista y cada pancarta
hay un tipo sentado en los arcenes
vendiendo sacos de naranjas,
con una capa de grasa
negra en las manos,
y un perro sarnoso,
un saco de huesos,
moviendo el rabo,
pegado al hombre por siempre.

Para cada movimiento,
hay una acción en calma,
para cada silencio
dos tiros al aire,
un manantial para cada desierto,
y un oasis de soledad
por cada amigo
al que debes un abrazo.

Hacen falta días grises
para afrontar las escalas,
dolor para el alivio,
y una montaña,
y un sol que brille
derritiendo la nieve,
una despedida
por cada reencuentro,
y dos polos
por cada imán
que no se separen,
y una razón para desatar la locura,
y una pérdida por cada victoria,
y una mujer sencilla que quiera
un poco de todo
contigo.

Boxeadores

Nunca he visto a un boxeador pedir perdón,
ni llorar al recibir un golpe,
no significa que no le duelan los impactos,
significa que,
de alguna manera,
están preparados para que les den,
tienen la certeza de que,
al subir a un ring
y ponerse los guantes,
golpearán
y serán golpeados;
y que saben a lo que se exponen,
del mismo modo
en el que nosotros deberíamos
pelear por nuestras vidas.

La mano de Dios

Me di cuenta
que era para mí,
y que aquel momento era mío,
y que aquella distancia,
y aquel lugar,
y aquella mujer
se habían creado
para que les observara,
dejando entrever
que hasta la mano de Dios
precisa del hombre
para que,
en su mirada,
su acción se considere
un milagro;
porque hace falta una mirada,
para que el mundo posea
algún tipo
de valor.

Tú ya te has ido

Últimamente no dejo de pensar en Vietnam;
no dejo de pensar en elefantes,
en bambú y en polvo;
en Ghana con sudores fríos;
Indonesia,
con los dedos de pizarra;
las dunas del desierto en mis zapatos;
descalzarme en un templo budista;
las casas de papel y madera;
los barcos de papel y madera;
los caballos de madera surcando
metro y medio de mi infancia.

No dejo de pensar en mares y en cuerdas,
y en callos;
manos fuertes y caminos duros,
cuerpos cansados de vagar,
imaginariamente,
por esos lugares.

Quiero cumplirlo.

Pronto me marcho.

Tú ya te has ido.

No me has llevado.

Vienes conmigo.

Busco en el cielo.

Sólo camino.

Ya lo hago siempre.

Nadie me espera.

Las vías del tren

Alguien se ha vuelto a tirar
a las vías del tren.

Dicen que los telediarios
no hablan de suicidios
por miedo a un contagio;
y quienes trabajan limpiando las vías
lo prefieren.

Prefieren hablar de las guerras
y de hambre,
y de que la gente muere
de igual forma.

Nosotros bailamos en este vagón,
de un centímetro cuadrado;
el arte de bailar sin zapatos
por la vida;
directos al destino o a las plazas;
directos al torcer de las esquinas;
guardando el secreto del suicidio
pasando por encima
de la muerte.

Le estás dando la espalda

No se trata de ir
a la iglesia bien vestido,
perfumado,
dispuesto a arrodillarse.

No se trata de expiar las culpas;
ni de tragarse el sermón del cura,
ni la hostia;
de estar callado o en paz,
de dársela
los unos a los otros.

Se trata de ver a Dios;
no frente al altar,
como pensamos,
sino detrás,
en los marcos de las puertas
donde esperan,
las monedas,
los mendigos.

Despedidas

Una de las cosas
que me da más miedo,
es no despedirme;
no decir lo que sentía;
que te quedes,
o te vayas,
sin saberlo.

Una de las cosas que más temo
es confiar en que lo sabes,
y que no lo sepas;
confiar en mis manos,
o en mi boca,
o en mis besos,
o en mi mirada;
confiar en que ellas lo dicen
y que no lo digan,
o que no expresen la certeza
con la que lo sienten.

Una de las cosas que más miedo me da
es creer que ya lo sabes;
despedirme de ti
creyendo que volveremos a estar juntos;
considerar que tendré
otras posibilidades
para hacerlo.

Lo que más miedo me da
son las despedidas;
verte la espalda,
caminando;
o ver sólo el camino
donde ya no estarás nunca.

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