No esperes nada

Por suerte,
Me rechazaron como artista,
Y me jodí la espalda
Y no pude ser atleta.
Por suerte,
Me negaron un beso,
Y una historia de amor
Para la que había reservado
Todos mis finales.
Por suerte,
Muchas cosas no salieron bien,
Y perdí la esperanza
De ser
Quien yo quería,
Sin tener
La destreza
Para serlo.
Hubiera seguido ensayando,
Entrenando para una carrera
que no llegaría a correr;
Y hubiera esperado a aquel beso,
Escuchando las historias
De quienes sí lo conseguían.
Hubiera dejado mis estudios,
Para centrarme en mis sueños,
Y podría haber muerto
Sin conocer a Bukowski,
O a Nietzsche,
Tal vez,
Les deba las gracias.
Por suerte la esperanza
Se disipó ante el fracaso,
Y los aplausos que ensalzaban mi lucha,
Como si fuera la propia victoria,
Me abandonaron,
Como yo lo hice con ciertos asuntos
Por los que creí
Que no debía seguir esforzándome.
Por eso detesto que me alarguen una respuesta,
Sabiendo cuál es
La respuesta,
Porque detrás de una oportunidad perdida,
Siempre hay algo mejor
Para lo que estás mejor preparado;
Y quizás,
De haber terminado triunfando,
No te hubiera podido contar
Todas estas cosas.

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Las manos de Midas

Hice de una concha un cenicero,
y de la hierba hice cenizas;
y de las bombillas estufas fugaces
en las que calenté mis manos.

Hice de la vida un pulso,
y de las flores que arranqué del campo
hice un ramo de hojas muertas;
y decoré el vacío:
la piel, el corazón
y las estanterías.

Hice papel del árbol
y a la leña prendí fuego;
e hice de mis ojos,
de mi carne,
mi poesía.

No dejes que te roce,
hice de la arcilla un muro,
y un refugio con cartones,
y un grabado con mi pluma;
y una decepción de una promesa,
y del amor un juramento;
un excremento de un manjar;
y de batir las aguas
hice espuma.

Antes de que llegue el hambre,
o domestique al perro,
o convierta los senderos
en camino
y los pucheros
en basura;
huye,
amor mío,
puedes salvarte.

No lo intentes

Sólo digo que eres carne,
y Barcelona es mi casa,
y que diez años
bien podrían resumirse en eso;
desmembrando la memoria
en palabras insignificantes,
abocando al olvido a los finales amargos
y protegiendo nuestras intuiciones
con escudos.

Me gustaría decirte que se pasa,
que uno vuelve a ser quien ha sido,
y que puede deshacerse del rastro
con el polvo,
recitar de nuevo la receta cursi
en la que su risa era tu destino
y en la que tu esperanza
parecía estar sujeta
de su mano,
y seguir como si nada.

Me gustaría decirte
que no seas tú el que se reduzca;
que no abandones la idea, ni el sueño,
ni la persona que eres;
que conviertas el asco en un motivo
de la misma forma en la que entregas
tu sudor por tu hambre;
de la misma forma que evocan las flores
el deseo;
y las injusticias
a la democracia.

Me gustaría decirte que se puede,
que exprimas cada expresión
y cada sentimiento,
cada padecimiento y cada causa;
que no simplifiques tu vida
a base de frases hechas
y oraciones de estribillos;
que bien te conjures bajo las estrellas,
o te pongas el mono de trabajo;
pero que transformes todo eso
en un punto de origen;
que no relegues lo inafrontable,
ni eludas la responsabilidad de vivir
con los errores que cometas;
que el sabor de la victoria
no se encuentra en el olvido,
sino en saber recomponerse.

En la tumba de Bukowski,
después de sus novelas,
sus relatos, su poesía,
sólo escribieron:
“No lo intentes”.

Por favor,
sé más que eso.

Lisboa

Lisboa puede ser una malla de hierro
Con vistas al mundo,
Vías oxidadas con ruido a engranaje,
Castillos de tejas rojas,
Pintura levantada,
Paredes raídas a cachos,
Plataformas de piedra blanca,
Y un “cruzarme contigo”
Después de cinco meses.

Lisboa puede ser así,
Un mirar al ayer e imaginar un mañana,
La chapa de un cartel oxidado,
La lluvia golpeando los cristales,
Sabor a disculpa y cerámica,
Aroma a pastelaria y castañas asadas,
Y un “cruzarme contigo”
Después de cinco meses.

Lisboa puede ser un estado decadente;
Un depravado y rojizo lugar
Donde puedo soñar contigo;
Un puente a un confín paralelo,
Teñido de azul y gris,
En el que sólo estás tú.

Lisboa puede ser así,
Con tus ojos perdidos
Sobre el horizonte,
Alzado desde el mar
En una estructura
Hasta el cielo.

Lisboa puede ser así,
O puede no ser así;
Lisboa es un adiós para siempre,
El sabor de una última vez,
Saber que no se detendrán tus pasos
Después de cinco meses.

Salvaje

Tu cuerpo es una profecía
a la que vine a tropezar
conscientemente,
y mientras escribo mi historia
recaigo sobre los muelles
azules del olvido.

Mi sueño es una jaula
a la que sigo encadenado,
desde ella señalo las rutas del cielo
que persiguen las aves migratorias;
mi sangre es el albero
sobre el que bufan las bestias
que dormitan en las hojas.

¿Qué es el amor?
¿Qué es la muerte?

Los espíritus salvajes aúllan
a las lunas invisibles,
tras el rastro del almizcle
de los ciervos;
y muestran los dientes
a las manos que trituran
los peciolos de las plantas
de la henna.

¿Qué más puedo decir?

Yo camino por las calles
domésticas de la vida,
en quietud y en camino,
con la piel animal desollada
de mi ropa.

Mi aliento se descompone.

Mi corazón ahora es negro.

Contamino las partículas
del aire.

Restringido en las aceras,
semáforos en rojo;
se detienen los pasos del caballo
que galopa
por mis venas.

Notas

Según mis últimas notas,
si Jesucristo tenía más enemigos que yo
es que no sé comportarme.
Y habrá flores de colores en los parques
y en los centros de mesa,
junto a los saleros.
Y tus juramentos inservibles
serán mi herida, mi sombra y tu recuerdo.
Y las calles serán como prisiones
en las que quedarse encerrados desde afuera.
Todo lo demás tiene un candado,
que te excluye en la intemperie,
y yo he dejado mi miedo en la sangre,
y he rasgado en el muro una ventana.
Y seremos como moscas cojoneras
en las bocas de los muertos,
y lo que quedará en la historia.
no serán sino personajes de piedra,
en medio de las plazas,
repletos de mierda de paloma,
y un sabor a victoria incapaz de saciar
los estómagos del pueblo.

Que quiero mostrarte las cuencas
del chico de ojos azules
que tanto te gustaba,
mientras los idiotas cerraban los suyos,
abuhardillados,
viviendo la efímera eternidad de todas las vidas
que soñaron contigo;
y que por eso el amor
está entre dos cosas que no existen
(el sueño y el olvido),
porque los actos creativos siempre han sido
menos sufridos,
y menos radicales,
que los procesos de demolición.

Que, aunque no lo creas,
el sentimiento de querer cambiar el mundo
surge desde el impulso egoísta
de que nunca te ha gustado
cómo ha funcionado todo esto.
Así que escucharé el lago de los cisnes,
mientras los fieles pasan de largo de los pobres
al salir de las iglesias,
y se aferran a las cruces de oro
que han colgado de sus pechos;
con sus sonrisas de ortodoncia
y sus clubes de campo
a los que van a pasar
las tardes de domingo.

Y no me pidas poemas que hablen de lo nuestro,
que si de verdad merece la pena me quedaré callado,
con la boca abierta,
y sin saber qué responderte,
como un estadio de fútbol
cuando van a tirar una falta.

Porque hoy no es distinto de ayer,
pero tu nombre, tu imagen y tu piel,
se han vetado,
y todo el mundo está en la calle,
como si nada pasara;
y la culpabilidad es la nueva forma del destierro
de la dinastía de los santos inocentes,
una broma de mal gusto
de aquellos cuyas supuestas vidas “impolutas”
quieren hacerte creer
que no cometen sus pecados.

Que hoy en día,
la sinceridad es un suicidio
porque el mundo está lleno de mentiras;
y en las noches de frío me han comido
las chinches y las mediocridades,
aunque mi padre me dijo que no podemos morirnos
hasta el día veinte,
porque el seguro de los muertos de este mes
no se ha pagado,
pero si así fuera
quiero que arranquen mi corazón
y lo enfrasquen con formol
bajo la iglesia de Lapa,
y froten mi cuerpo
con lejía;
que el sol no pida nunca
sus disculpas por arder,
que el perro no pida nunca
sus disculpas por mear;
que el pájaro no pida nunca
sus disculpas por volar.

Por favor.

Ni tú tampoco.

Nieve

Oui, c’est ça, mon amour!
Podremos verlo todo,
y seremos como los ángeles que callan
el misterio de la muerte,
soldados que perpetúan
la voluntad sagrada
del ministerio que dictan las vidas
a la estamos deparados.

C’est ça, putain!
Planearemos sobre los puertos,
y cantaremos canciones en los muelles;
y alzaremos las manos
mendigando mendrugos de esperanza.
Seremos como espectadores que contemplan
las brisas que llevan consigo
las hojas secas del otoño.

Oui, putain, c’est ça!
Precipitaremos al vacío
a través de las ventanas,
y habrá una ración de hora al día
en la que podremos estar tristes.

Bailaremos los últimos tangos
que compongan los inviernos.

Tiritaremos en las esquinas,
bajo costras de escarcha en la piel
de las que nos desprenderemos
con el tacto.

C’est ça, putain!
Sentiremos como arde la nieve
que se funde
bajo nuestros labios.

No existas

Mereces estar triste,
en la penumbra de tu colchón amarillento.
Uno desea extinguirse siempre,
así que, por favor, no existas.
Tocar tu pelo debe ser ahora
como profanar las tumbas,
como estirar la mano al cielo
queriendo agarrar alguna estrella
sin forma de hacer el ridículo.
No existas, por favor,
saquen de mí mismo los recuerdos,
me da igual reconocerme.
Tengo esto en la cabeza,
y embriagarse es como demolerla
a base de olvidos instantáneos,
ráfagas de mentiras que se recomponen
como los fragmentos del fracaso.
No existas, por favor,
sólo quiero ver arder nuestras fotos
a través de las sonrisas,
como vi arder nuestros deseos
a la altura de tu ombligo.
Mi corazón imprime tu ausencia
en los muros que golpean mis nudillos.
No vuelvas, por favor, no existas,
que llamarme ahora es
como lanzar al viento un grito,
y la memoria es algo
a lo que guardo miedo,
un baúl en el que conservo tus labios.
Esta noche quisiera ser
como las noches de verano.
Mirar nuestra imagen es creer
que no aparentábamos ser felices,
de la misma forma en la que aparentamos
guardanos algún luto.
Ya que hemos demostrado
que el uno puede vivir sin el otro,
por favor, vete,
no existas,
sal de mí,
eres como la maleza
que no deja de crecer nunca.
Arráncate
sé extraña a mis ojos,
sé desconocida,
por favor,
deja de existir.

Halo

Y yo ya sabía mirar de otra forma,
escribir de otra forma,
detectar al auxilio en el aire,
y el silencio en la llama del leño
que crepita en la tiniebla;
la oportunidad en el rayo de la aurora,
y la paz en la quietud de las aguas
de los lagos.
Yo ya escuchaba el agua;
el dolor insoportable de las miradas
que se apartan del color
de la miseria.
Yo ya sabía mirar de frente al dolor,
sin sentir nada
(pues uno se acostumbra
con el tiempo).
Y sabía del dolor de la llaga al verla
y llegaba a lamentarme.
Yo ya sentía tu voz en el aire,
tu cuerpo en el aire,
suspendido entre la nada.
Yo ya sabía tu calor y tu hambre,
tu nombre y tu contorno,
y sabía mirar de otra forma,
escuchar de otra forma,
encontrar donde no había.
Yo ya aprendí a moverme por tu olfato,
a predecir tu instinto,
a procurar amarte.
Yo ya sabía mirar de otra forma,
escuchar de otra forma,
y aún no he sabido
olvidarte.

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