El hombre común

Condenado a mirar desde la barra
y al bolsillo.
Condenado a contemplar los autos,
las mujeres y las casas
que deseo.
Condenado a ver pasar las manos
que las llevan.
Condenado a observar el triunfo.
Condenado a no saborearlo.
Condenado a escribir bajo las luces
que bombean en las sombras.
Condenado al diario y al horario,
condenado al plan y al hambre.
Condenado a mirar el abismo
como Dios mira a la Tierra.
Condenado a rogarle.
Condenado a mirar el firmamento
y mirarnos a la cara
como extraños.
Condenado al uso
y a lo usado.
Condenado a heredar calzoncillos.
Condenado a confundir
implacable e impecable,
al blanco tornando amarillo,
al desvío,
al esfuerzo
y al cambio de metas.
Condenado al rechazo, a la tentación
y a la búsqueda.
Condenado al rodaje
y las calles vacías
que me esperan
vuelta a casa.
Condenado al trabajo.
Condenado a los niños mellados
y a los dientes torcidos,
a las vidas torcidas,
y a los destinos torcidos
y a buscar,
como busco,
un final
para un poema.

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